La hora de los depredadores
Cinco siglos después de que Maquiavelo presenciara la
crueldad calculada de César Borgia,
el politólogo Giuliano Da Empoli acuño el término “Borgianos”, en referencia a
una elite política para quienes “la única ley del comportamiento
estratégico es la acción temeraria”. En su último libro “La hora de los
depredadores”, el arquetipo moderno de los “borgianos” tiene como único
objetivo “restituir la verticalidad del poder” en el mundo.
Esta “nueva” clase política,
interpreta “que el exceso de horizontalidad” -producto del multilateralismo
político, económico y cultural basado en la arquitectura organizacional de la
ONU-, ha actuado en detrimento de las grandes potencias y de Estados de peso
relativo. Consideran que la “anomalía” es el sistema vigente de reglas
internacionales y que la “normalidad” es volver a un sistema de poder vertical
similar al que rigió durante la guerra fría.
Sin embargo, para Da Empoli la
novedad de la época proviene de la “convergencia estructural” entre “borgianos”
y “elites tecnológicas”. Ambos comparten la misma visión de un poder que no
debe estar limitado por “regulaciones o leyes de otros tiempos”.
La ira y cólera del pueblo
A diferencia de Marx y Engels quienes veían el motor de la historia en la
“lucha de clases” o de Hegel quien lo veía en el despliegue de la
autoconciencia de la libertad en la historia universal, para los “borgianos” el
motor de la historia es la ira acumulada de los pueblos.
La politóloga belga Chantal Mouffe, detectó hace dos décadas este problema
estructural de las democracias liberales, y es que no contemplan en su diseño
institucional una válvula de escape para la ira acumulada producto de los
antagonismos sociales. Al apostar por una “deliberación racional
parlamentaria”, las democracias liberales han caído en un formalismo procedimental,
que no ha permitido domesticar los antagonismos ni resolver problemáticas
estructurales vinculadas al aumento del costo de vida, la criminalidad o la
inmigración masiva.
Para Mouffe, este vacío de
representación conduciría, tarde o temprano, al surgimiento de partidos
“antiestablishment”. Hoy, ese giro ya es conocido. En algunos casos, el antagonismo
político emergió de manera disruptiva, pero sin desbordar los marcos
democráticos, en otros, las democracias liberales han derivado en
“autoritarismos competitivos” o democracias “iliberales”, con una fuerte
erosión de sus instituciones y valores claves.
En El
malestar en la cultura, Sigmund Freud identificó este problema
muchos años antes que Mouffe. Para Freud, la cultura no elimina la agresividad
humana, sino que la reprime y la introyecta en el “yo” en forma de culpa o
neurosis. La tesis de Freud es que la “pulsión de muerte” y la “pulsión de
vida” como energías contrapuestas de la vida social no se resuelven, no hay
síntesis superadora.
Los ingenieros del caos
“Los ingenieros del caos” reconocen que la ira acumulada es el combustible
número uno del comportamiento político y social. “Si tenemos que vender Coca
Cola en una sala de cine, solo aumentamos la temperatura de la sala”, explica
Alexander Nix, dueño de Cambridge Analytica.
La receta es conocida, identificar los temas de conflicto, las fracturas
que dividen a la opinión pública, estimular en cada bando las posiciones más
extremas y hacer que se enfrenten, para luego, proyectar ese enfrentamiento a
escala industrial en las redes social, para así, a su vez, caldear aún más el
ambiente.
El método de elevar la temperatura de la sala, es lo que a criterio de
Alexander Nix diferencia a la agencia Cambridge Analytica de toda una industria
convencional del marketing basada en redactores, fotógrafos, editores de video
y creativos publicitarios. “Nosotros no trabajamos así. La gente compra Coca
Cola porque tiene sed, por eso nosotros subimos la temperatura de la sala”.
La política
algorítmica de los “ingenieros del caos” no busca persuadir, sino crear las
condiciones emocionales -en particular la ira- para que
determinadas conductas emerjan de manera casi automática.
El desahogo violento de la ira
Popularizado en “El Mago del Kremlin”, es re-presentado el sutil método con
el que Stalin desahogaba la ira de los soviéticos. Ante una serie de accidentes
de trenes en la URSS, manda a detener y fusilar al director del área, Von Meck,
por sabotaje. Stalin sabe que la ejecución
no resuelve el problema de los trenes, aún más, lo agrava. Pero comprende que
lo fundamental es desahogar la ira: “siempre el sabotaje es una explicación más
convincente que la ineficiencia”.
El cine también ha abordado
la cuestión de la ira. En la saga de películas de Hollywood La Purga, el nuevo gobierno de
Estados Unidos (New Founding Fathers of America, NFFA) autoriza una
vez al año un evento llamado La Purga. Durante
doce horas se suspenden
todas las leyes y garantías constitucionales, quedando permitido el asesinato y
otros delitos violentos. La justificación oficial es que este
desahogo anual reduce
la criminalidad, estabiliza
la economía y preserva el
orden social durante el resto del año.
El partido de los abogados
En la vereda de enfrente de los
“borgianos” y las “elites tecnológicas”, Da Empoli ubica al “partido de los
abogados” en alusión a los demócratas norteamericanos y las “elites
tradicionales”, que con cierta ingenuidad intentan combatir a los “borgianos”
desde la corrección política, la defensa de la democracia liberal y el sistema
de reglas que más o menos “disimula”
las relaciones internacionales de poder.
El politólogo
alemán-estadounidense Yascha Mounk, también se detuvo en este punto. Mounk
cuestionó al Partido Demócrata y al progresismo por priorizar las “políticas de
la identidad” por sobre enfoques más universales. Definir las políticas de
Estado priorizando los “atributos identitarios” de las personas conlleva el
riesgo de generar grupos contra-identitarios que confronten entre sí y amenacen
toda forma de cohesión social.
Que el Partido Demócrata haya
priorizado la defensa de minorías raciales, culturales y sexuales, es para Mounk
una de las causas de que el péndulo se haya movido en la dirección contraria,
la de la reivindicación de una nueva categoría de oprimidos, ahora la de los
blancos, cristianos, heterosexuales y conservadores del Partido Republicano.
Mounk propone salir de esta
encrucijada retomando la idea de que el Estado proteja a las personas en tanto
portadora de derechos universales (salud, educación, seguridad) y no de
atributos identitarios, ya que esta última opción conduce a definir tantas
políticas públicas como identidades existan en la sociedad, al riesgo de
estimular la “competencia entre grupos identitarios por reconocimiento y
recursos estatales”.
La nostalgia no es una estrategia
El primer ministro canadiense ofreció
una lectura clara del momento histórico. En su intervención en Davos 2026, Mark
Carney invitó a asumir con realismo el fin de un ciclo y a sincerar el
diagnóstico, “sabemos que el antiguo orden no volverá. No deberíamos
lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia”.
Su planteo es la prueba más
fehaciente de un orden internacional preponderantemente “borgiano” e interpela
a las “potencias intermedias” a tomar una decisión estratégica, elegir entre
“competir por obtener favores” de “las grandes” o unirse para crear “una
tercera vía que tenga peso”.
Para ilustrar este punto, Carney
retomó el ensayo de Václav Havel “El poder de
los sin poder” y la idea de las mentiras funcionales que
sostuvieron durante décadas al sistema soviético. Evocó la conocida anécdota
del verdulero que cada mañana colocaba en su local el cartel “¡trabajadores de
todo el mundo, únanse!” aun sabiendo que nadie creía ya en esa consigna y que
el gesto no expresaba convicción, sino conformidad.
La pregunta ya no es si el viejo orden puede ser
restaurado, sino qué tipo de orden puede construirse una vez retirados los
carteles que lo sostenían. En ese interregno se está jugando hoy buena parte de la
política internacional contemporánea.
Notas bibliográficas
Las referencias a Yascha Mounk provienen de su último libro, La trampa identitaria, donde desarrolla una crítica extensa al progresismo contemporáneo y a las políticas de la identidad. Mounk sostiene que la llamada “síntesis identitaria” instala una forma de “autoritarismo moral” que alimenta la cultura de la cancelación y vuelve sospechoso el disenso en torno a esta; “fragmenta el tejido social” al privilegiar identidades de grupo en detrimento de una solidaridad cívica más amplia; y “debilita el ideal igualitario”, basado en la igualdad ante la ley y en la vigencia de derechos universales. Estos elementos constituyen el núcleo de su crítica a la deriva identitaria de las democracias liberales.
En El mago del Kremlin, Giuliano Da
Empoli formula una de sus tesis más incómodas. La violencia no reside
únicamente en el poder, sino en el pueblo mismo. A través de la escena
fundacional de la guillotina, muestra cómo la ira colectiva puede volverse
insaciable y cómo la tarea del poder no es suprimirla, sino administrarla. La
cólera es una constante histórica. El verdadero arte del gobierno consiste,
entonces, en evitar que se acumule hasta volverse ingobernable.
La formulación sobre “subir la temperatura de la
sala”, atribuida a Alexander Nix, es retomada por Giuliano Da Empoli en La
hora de los depredadores para describir la lógica operativa de los
llamados “ingenieros del caos”, término que el propio Da Empoli desarrolla en
su libro homónimo.
Desde Freud hasta Mouffe, el conflicto aparece como un elemento irreductible de la vida en común. Freud muestra en El malestar en la cultura que la agresividad no se extingue, solo se reprime; Mouffe advierte, tanto en En torno a lo político como en sus trabajos posteriores, que las democracias liberales fracasan cuando intentan negar el antagonismo en nombre del consenso racional. Da Empoli extrae la conclusión política, la ira no desaparece, se gestiona, y quien aprende a “administrarla” adquiere una ventaja decisiva.
Eric German. Politólogo y Consultor.
